martes, 13 de enero de 2026

La Promesa: El culebrón que traicionó su propio nombre.

 



La Promesa: El culebrón que traicionó su propio nombre


Por: Benjamín Gavarre Silva



Tras meses de espera, la cuarta temporada de La Promesa ha desembarcado finalmente en México a través de la plataforma Max. Este fenómeno de la televisión española, creado por Josep Cister Rubio para Bambú Producciones y emitido originalmente por RTVE, nos transporta a 1913, en los tensos años previos a la Gran Guerra. Utilizando como escenario el imponente Palacio de "El Rincón" (propiedad real de la aristócrata Tamara Falcó) y diversos platós madrileños, la serie prometía ser un fresco de época, pero se ha convertido en un ejercicio de resistencia para el espectador.


El hipnótico olor a naftalina

La serie se caracteriza por ser un largo, larguísimo melodrama que bebe tanto de la zarzuela como del teatro antiguo español, con gestos grandilocuentes y un sentido del decoro a veces asfixiante. Es una nobleza que, a diferencia de la pompa ceremonial británica, aquí se siente más "de casa", más sobria, pero igualmente implacable y con un rancio olor a naftalina.

La trama nos hipnotiza con la seguridad de lo predecible. Es una maquinaria de repetición donde los aristócratas viven en un ocio permanente en la planta noble, mientras que abajo, una infinidad de servidores se pasa cientos de capítulos limpiando pisos, ajustando cortinas y preparando manjares que serán consumidos con ingratitud.

Quizá lo más disfrutable sean los villanos que "adoramos odiar". Eva Martín está soberbia como Cruz, la Marquesa, una mujer capaz de mover los hilos del castillo y eliminar a quien sea necesario —incluso a su hijastro— para asegurar el poder de su propia sangre. A su lado, villanos como el Capitán de la Mata (Guillermo Serrano) aportan una maldad casi caricaturesca, con "cara de demonio", sin matices agradables.


La gran estafa de la venganza

El motor inicial de este culebrón era claro: Jana Expósito, interpretada por Ana Garcés, llega al palacio para vengar la muerte de su madre y encontrar a su hermano robado. Era la clásica heroína en busca de justicia. Sin embargo, el guion ha estirado este chicle hasta romperlo. Jana pasa más tiempo lidiando con romances imposibles, especialmente con Manuel (Arturo Sancho), el heredero aviador —cuyo hangar de bajo presupuesto rara vez vemos funcionar—, que ejecutando su plan.

Y aquí llegamos al punto crítico, el verdadero núcleo de esta reseña (ALERTA DE SPOILER MAYÚSCULO PARA QUIEN NO SIGA LA EMISIÓN ESPAÑOLA): La Promesa comete la máxima traición al género del melodrama. En España, la audiencia estalló en indignación cuando la narrativa decidió que la protagonista no cumpliría su misión. A diferencia de las historias donde el bien termina por imponerse, aquí se nos presenta una venganza fallida.

La serie rompe su propia promesa titular. Jana es neutralizada por la trama antes de saber quién fue la asesina de su madre. Esta decisión no se siente como un giro audaz, sino como una bofetada al espectador que aguantó cientos de episodios de relleno. Es una visión profundamente conservadora y pesimista: los de abajo no ganan. Su lucha y sus sacrificios son inútiles frente a una maquinaria aristocrática diseñada para perpetuarse.

Veredicto: La Promesa es una serie visualmente cuidada, pero narrativamente tramposa. La gente la sigue viendo, a veces con el control remoto en mano para adelantar la paja, atrapada en la falsa esperanza de que algo cambie, solo para confirmar que, en ese castillo, la nobleza y la injusticia están destinadas a eternizarse.



CategoríaInformación
CreadorJosep Cister Rubio
ProducciónStudioCanal / RTVE en colaboración con Bambú Producciones
GéneroMelodrama de época / Drama social
Elenco PrincipalAna Garcés (Jana), Arturo Sancho (Manuel), Eva Martín (Cruz), Manuel Regueiro (Alonso)
LocalizaciónPalacio de El Rincón (Aldea del Fresno, Madrid)
ÉpocaInicios del siglo XX (1913 en adelante)
Dónde ver (México)Max (Temporadas 1 a 4)
Calificación sugerida3/5 estrellas (Impecable en técnica, circular en narrativa)











jueves, 8 de enero de 2026

INDUSTRY; The Theater of Financial Cruelty: A Humanist Reading

 


INDUSTRY; The Theater of Financial Cruelty: A Humanist Reading

by Gavarre Ben


Beyond the candlestick charts and technical terms saturating the screens at Pierpoint & Co., the series Industry (HBO/BBC) reveals itself as a stage where what is being transacted is not money, but identity itself. Created by Mickey Down and Konrad Kay—who brought their own experience in the trenches of investment banking to fiction—the work is a fascinating dissection of the "reasoned unreason" governing high London finance.

The Clash of Worlds: Identity and Belonging

What pulsates beneath the surface of the series is a ferocious struggle for space. The script masterfully articulates the contrast between its protagonists' origins, turning the bank into a crucible of geographic and social tensions. On one side, we have the external, hungry gaze of the American Harper Stern, a young Black woman who does not possess the codes of the British aristocracy and must forge her own armor.

Opposite her, the City's ecosystem deploys its "old boys' club," where young working-class English graduates desperately try to blend in with the heirs of century-old lineages. In Industry, an accent and a passport are weapons as powerful as a good client portfolio, and the struggle between "insiders" and "outsiders" colors every negotiation.

Gender as Currency

The series fears not getting its hands dirty portraying the silent war between men and women in an environment designed by and for toxic masculinity. Here, female ambition is punished or sexualized, forcing characters like Yasmin to navigate a constant tightrope: using her privilege and body as tools of power or being devoured by the condescension of her male superiors. It is a battlefield where sex, control, and humiliation intertwine, reminding us that in these structures of domination, meritocracy is often a farce concealing much more primitive hunting dynamics.

Dehumanization and the Element of Feeling

The most disturbing thing about Industry is its ability to show the systematic dehumanization of its characters. Through a frenetic rhythm and an atmosphere saturated with substances and sleepless nights, we see how the "Human Factor" is viewed as a weakness to be eliminated. The graduates go from being young people full of potential to becoming cynical cogs in a machine that consumes and discards them with the same coldness with which a failed operation is closed.

It is, in essence, a contemporary farce about the cost of success. It doesn't matter if we don't understand the financial jargon; what we understand is the tachycardia, the loneliness inside the glass office, and that desperate search for meaning in a world that has decided feelings have no market value. Industry doesn't seek pleasant characters; it seeks real characters who, in their ambition, show us the rawest reflection of our own contradictions.


El teatro de la crueldad financiera: Una lectura humana de Industry












Industry (serie de tv)

El teatro de la crueldad financiera: Una lectura humana 


Más allá de los gráficos de velas y los términos técnicos que saturan las pantallas de Pierpoint & Co., la serie Industry (HBO/BBC) se revela como un escenario donde lo que se transacciona no es dinero, sino la identidad misma. Creada por Mickey Down y Konrad Kay —quienes trajeron a la ficción su propia experiencia en las trincheras de la banca de inversión—, la obra es una disección fascinante de la sinrazón con sentido que gobierna las altas finanzas londinenses.

El choque de mundos: Identidad y pertenencia

Lo que palpita bajo la superficie de la serie es una lucha feroz por el espacio. El guion articula magistralmente el contraste entre los orígenes de sus protagonistas, convirtiendo el banco en un crisol de tensiones geográficas y sociales. Por un lado, tenemos la mirada externa y hambrienta de la estadounidense Harper Stern, una joven negra que no posee los códigos de la aristocracia británica y que debe fabricarse su propia armadura.

Frente a ella, el ecosistema de la City despliega su "club de viejos amigos", donde jóvenes ingleses de clase trabajadora intentan desesperadamente mimetizarse con los herederos de linajes centenarios. En Industry, el acento y el pasaporte son armas tan poderosas como una buena cartera de clientes, y la lucha entre los "insiders" y los "outsiders" tiñe cada negociación.

El género como moneda de cambio

La serie no teme ensuciarse las manos al retratar la guerra silenciosa entre hombres y mujeres en un entorno diseñado por y para la masculinidad tóxica. Aquí, la ambición femenina se castiga o se sexualiza, obligando a personajes como Yasmin a navegar en una cuerda floja constante: usar su privilegio y su cuerpo como herramientas de poder o ser devorada por la condescendencia de sus superiores. Es un campo de batalla donde el sexo, el control y la humillación se entrelazan, recordándonos que en estas estructuras de dominación, la meritocracia es a menudo una farsa que encubre dinámicas de caza mucho más primitivas.

La deshumanización y el factor del sentimiento

Lo más perturbador de Industry es su capacidad para mostrar la deshumanización sistemática de sus personajes. A través de un ritmo frenético y una atmósfera saturada de sustancias y noches sin dormir, vemos cómo el "Factor Humano" es visto como una debilidad que debe ser eliminada. Los graduados pasan de ser jóvenes llenos de potencial a convertirse en engranajes cínicos de una maquinaria que los consume y los descarta con la misma frialdad con la que se cierra una operación fallida.

Es, en esencia, una farsa contemporánea sobre el costo del éxito. No importa si no entendemos la jerga financiera; lo que entendemos es la taquicardia, la soledad en medio de la oficina de cristal y esa búsqueda desesperada de sentido en un mundo que ha decidido que los sentimientos no tienen valor de mercado. Industry no busca personajes agradables, busca personajes reales que, en su ambición, nos muestran el reflejo más crudo de nuestras propias contradicciones.