El espejismo de la deconstrucción: 'Machos alfa' y el gatopardismo televisivo.
Por: Benjamín Gavarre
¿Es posible desmantelar el heteropatriarcado a golpe de gag, o la comedia comercial está condenada a devolvernos siempre al redil del statu quo? Tras cuatro temporadas de éxito arrollador en Netflix, la creación de los hermanos Alberto y Laura Caballero (Contubernio Films) ha llegado a su fin. Lo hace dejándonos tantas risas como preguntas incómodas sobre su desenlace, en una evolución que invita a reflexionar sobre los límites de la corrección política y la deconstrucción masculina en la pantalla actual.
Al principio, la premisa fue un soplo de aire fresco altamente disfrutable. En sociedades de profunda matriz machista como la española —extrapolable sin esfuerzo a México y a gran parte del mundo hispanohablante—, ver a cuatro especímenes del "macho alfa" tradicional puestos contra las cuerdas por el avance del feminismo resultó sumamente divertido. La serie puso sobre la mesa, con un lenguaje explícito y mordaz, conceptos como el privilegio, las parejas patriarcales y las nuevas masculinidades, utilizándolos no como un sermón moralino, sino como el combustible perfecto para la sátira.
Una impecable factura técnica al servicio del humor
Más allá de sus ingeniosos libretos, uno de los grandes aciertos de Machos alfa que consolidó su éxito internacional es su impecable nivel de producción. Visualmente, la serie se aleja del formato plano de la 'sitcom' tradicional de plató. Contubernio Films despliega una factura técnica de primer nivel: una dirección de fotografía luminosa, un montaje sumamente dinámico que entrelaza con agilidad las cuatro subtramas, y una selección de locaciones urbanas y de corte aspiracional que retratan a la perfección la modernidad madrileña (y los destinos vacacionales donde el elenco solía rodar las promociones globales de la plataforma).
El diseño de producción, el vestuario y la ambientación no se quedan atrás; cada espacio refleja la psicología de sus habitantes. Desde el minimalismo estéril y lujoso de la casa de la influencer, hasta el caos cotidiano del hogar de clase media-baja de Raúl y Luz, el envoltorio visual es redondo.
A esto se suma un reparto actorale en estado de gracia que defiende con maestría el ritmo de la comedia física y el diálogo rápido:
- Fernando Gil brilla en la piel de Pedro, el directivo caído en desgracia que pasa de macho proveedor a mantenido.
- María Hervás compone magistralmente a Daniela, la influencer que se vuelve millonaria diciendo tonterías frente a la cámara mientras su mundo sentimental se desmorona.
- Gorka Otxoa (Santi) humaniza maravillosamente al eterno confundido, guiado a regañadientes por la lucidez de su hija Álex (Paula Gallego), el verdadero faro de la generación Z en la serie.
- Fele Martínez (Luis) y Raúl Tejón (Raúl) clavan sus respectivos arquetipos: el funcionario gris atrapado en la rutina del poliamor y el infiel crónico aterrado ante una relación abierta propuesta por Luz (Kira Miró). Incluso se agradecen las vueltas de tuerca metateatrales de las últimas temporadas, donde el propio Luis empieza a escribir una serie que resulta ser la que estamos viendo, un juego de espejos inteligentísimo.
La tesis final: Cambiar todo para que nada cambie
Sin embargo, el verdadero debate televisivo surge al analizar el cierre de la serie. Tras navegar por experimentos de heteroflexibilidad (como el coqueteo homoerótico de Santi con su socio, que prometía romper barreras y terminó diluyéndose), intercambios de parejas, crisis de dinero y cuestionamientos severos al anillo de bodas, la serie sufre un evidente gatopardismo narrativo.
Al final, la ficción prefiere la comodidad del statu quo y retorna al grado cero. Parece que la deconstrucción fue muy divertida mientras duró la novedad, pero la conclusión traiciona un poco la revolución planteada: casi todas las parejas regresan a su redil original bajo los viejos lemas del "amor de mi vida". Los que se atrevieron a romper las reglas terminan pagando un peaje carísimo. Daniela, la mujer empoderada por los clics, acaba sola tras una oscura y ambigua trama con un político; y Pedro, el gurú de los talleres de masculinidad, termina casándose consigo mismo en una escena final donde su llanto proclama una verdad casi cínica: en el mundo moderno, la soltería o la absoluta independencia es un anatema. Todo está diseñado para dos, y salirse del molde se castiga con el aislamiento.
La crítica especializada ha coincidido en que los hermanos Caballero supieron exprimir la ubre de esta vaca sagrada mientras el formato resistió, entregando un producto técnicamente perfecto y divertidísimo. Pero en el fondo, al igual que Santi aceptando con resignación que una mujer exitosa lo mantenga frente a las críticas de la vieja guardia, la serie nos deja una lección agridulce. Avanzamos mucho para quedar exactamente en el mismo sitio. Una misma gata revolcada que, si bien nos hizo reír a carcajadas, nos demuestra que la televisión comercial sigue teniendo miedo de dejar a sus machos alfa completamente a la deriva.
¿Qué les pareció el final de la serie? ¿Creen que los personajes realmente aprendieron algo o simplemente regresaron a la comodidad del patriarcado de siempre? Los leo en los comentarios.
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