jueves, 2 de julio de 2026

GLEE! La sonrisa Colgate y el lado oscuro.

 








La sonrisa Colgate y el lado oscuro.

Un vistazo al pasado de 'Glee'

Por: Benjamín Gavarre

Hay series que el algoritmo nos devuelve de golpe, como un fantasma del pasado que se cuela en nuestras playlists de Spotify o a través del hilo conductor de un actor como Jonathan Groff (a quien recientemente analizamos en Looking, pero que aquí jugaba a ser el antagonista Jesse St. James). Volver a pensar en Glee hoy en día puede parecer un anacronismo, pero al mirar atrás con perspectiva, la distancia nos revela una alarmante falta de sinceridad que en su momento preferimos ignorar bajo el manto de las grandes coreografías.

Glee (Fox, 2009-2015, 6 temporadas) nació como el proyecto dorado de Ryan Murphy. Una serie que hizo de la inclusión —racial, de orientación sexual y de capacidades diferentes— su bandera principal. Sin embargo, vista hoy, aquella felicidad destilaba una "sonrisa Colgate": un fingimiento cosmético de dientes perfectos y maquillaje impecable donde el sufrimiento adolescente siempre se resolvía cantando a la cámara. Debajo de ese barniz de optimismo, la telerrealidad era mucho más perversa.

La "Maldición" de Glee: Un eco de 'Cachún cachún ra ra'

Es imposible hablar de esta serie sin abordar el destino infausto de su elenco, una tragedia histórica que a los espectadores mexicanos nos evoca inevitablemente el mito fatídico de Cachún cachún ra ra, donde el infortunio y la crisis del VIH se llevaron a gran parte de sus jóvenes talentos. En Glee, la realidad superó con creces a la ficción:

  • Cory Monteith (Finn Hudson): El inolvidable muchacho de la regadera, ese atleta de voz afinada que el profesor Will Schuester (Matthew Morrison) descubre cantando bajo el agua en el episodio piloto. Cory, cuya química con su novia en la pantalla y en la vida real, Lea Michele (Rachel Berry, el personaje "insufrible" pero innegablemente talentoso), era el eje de la serie, falleció trágicamente en 2013 por una sobredosis en la cumbre del éxito. Su muerte truncó el espíritu de la serie.
  • Mark Salling (Puck): El actor de rasgos más duros que interpretaba al rudo del grupo. Su destino fue el más oscuro de todos: tras ser procesado por las autoridades judiciales por posesión de pornografía infantil —un asunto terrible que sacudió a la industria—, se suicidó ahorcándose en 2018 antes de recibir su sentencia.
  • Naya Rivera (Santana Lopez): La carismática actriz de origen latino que dio vida a una porrista lesbiana cuyas tramas con Brittany (Heather Morris) rompieron esquemas LGBT. Naya falleció ahogada en un lago en 2020 tras lograr salvar la vida de su pequeño hijo en un acto heroico pero trágico.

Inclusión forzada y pirotecnia vocal

La serie se sostenía en el talento real de algunos de sus miembros, mezclado con la incipiente tecnología de corrección de audio de la época para quienes no alcanzaban las notas. Es imposible olvidar la deslumbrante voz de Amber Riley (Mercedes Jones), la imponente cantante afroamericana cuyos registros hacían que sus propios compañeros se abanicaran la cara en señal de adoración.

Sin embargo, el empeño de los productores por vender un mundo idealizado a menudo rompía la verosimilitud. El romance entre Kurt Hummel (Chris Colfer) —el joven abiertamente gay y de ademanes sumamente afeminados— y Blaine Anderson (Darren Criss), el galán de la escuela rival de élite, a menudo se sentía carente de una química real, sostenido únicamente por el empeño metódico del guion y los números musicales perfectamente coordinados.

La serie forzó la máquina de la diversidad hasta extremos caricaturescos: desde Artie (Kevin McHale), el chico en silla de ruedas (cuyo actor en la vida real no tenía ninguna discapacidad, lo que hoy sería duramente criticado), hasta la introducción tardía de Unique Adams (Alex Newell), un personaje trans de un talento vocal extraordinario pero utilizado a menudo como un recurso de impacto.

Frente a este despliegue de corrección política, la genial villana de la historia, la entrenadora Sue Sylvester (Jane Lynch), se convirtió en el mejor personaje de la serie. Ganadora del Emmy, era la única que ponía los pies en la tierra, destrozando la hipocresía del coro con verdades incómodas que nadie más se atrevía a pronunciar en voz alta.

Conclusión: El valor del recuerdo

Al final, Glee se siente como un monumento a la artificialidad de principios de la década de 2010. Detrás de bambalinas y escenarios coloridos, los castings oscuros y las rivalidades internas (hoy confirmadas por el propio elenco sobre el comportamiento tiránico de Lea Michele en el set) demostraron que los escenarios felices solo existían mientras la música estaba encendida. Una mirada nostálgica y desencantada a una producción que, para bien o para mal, marcó un hito en la televisión abierta antes de la llegada del streaming absoluto, recordándonos que el precio del talento joven, a veces, suele ser demasiado alto.

¿Ustedes también recuerdan la escena de la regadera de Cory? ¿Creen que la serie envejeció bien o la sombra de sus tragedias terminó por oscurecer sus canciones? Nos leemos en los comentarios.

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