jueves, 12 de febrero de 2026

"Más que rivales" (Heated Rivalry)









El Hielo en Llamas: Una Anatomía de la Disidencia (Entrega I)

por Gavarre Ben

El hockey sobre hielo no es solo un deporte; en el imaginario colectivo del norte, es un ritual de testosterona, frío y colisiones permitidas. Sin embargo, bajo la superficie pulcra de las pistas de la Major League Hockey, la serie "Más que rivales" (Heated Rivalry) ha venido a fracturar el cristal. Estrenada a finales de 2025 bajo la dirección de Jacob Tierney, esta producción de Crave y HBO Max se ha transformado en un fenómeno sociopolítico que trasciende la pantalla, alcanzando incluso el respaldo público del Primer Ministro de Canadá, quien la señaló como un espejo necesario para la identidad nacional en tiempos de tormenta.

La obra nos presenta un tablero de ajedrez humano donde las piezas son diametralmente opuestas. Por un lado, Shane Hollander, interpretado por el canadiense de ascendencia coreana Hudson Williams, es el "niño dorado". Su belleza, de una perfección casi de porcelana, es el motor de una maquinaria publicitaria que vende salud, Rolex y éxito. Hollander es la joya de la corona de una madre que ha mercantilizado cada uno de sus movimientos, convirtiendo su identidad en un activo financiero donde la homosexualidad no es una opción, sino una debacle de mercado.

Frente a él, el "invierno ruso": Ilya Rozanov. Encarnado por Connor Storrie, Rozanov es el estereotipo del guerrero soviético que parece no haber abandonado nunca la Cortina de Hierro. Su rudeza no es solo temperamental, es una armadura contra un sistema familiar y político que, en la Rusia actual, castiga la disidencia con el olvido o el castigo físico. Mientras Shane es vigilado por las cámaras de los patrocinadores en Las Vegas, Ilya es vigilado por el fantasma de un padre dominante y un hermano que ve en él una fuente inagotable de divisas.

La serie innova precisamente ahí: en la imposibilidad del romance. No estamos ante una historia de amor convencional, sino ante una de supervivencia erótica. En los primeros compases de esta historia, el contacto entre ambos es puramente cinético, un choque de cuerpos que buscan en el sexo una válvula de escape a la presión insoportable de sus mundos. La dinámica de poder es clara: Shane asume una vulnerabilidad que raya en lo pasivo, confesando incluso el uso de dildos para alcanzar una satisfacción que la soledad del atleta le niega, mientras Ilya se aferra a un rol activo y distante, evitando el beso como si en ese gesto residiera la entrega definitiva que no se puede permitir.

Es el eterno retorno de Romeo y Julieta, pero aquí las familias Capuleto y Montesco son naciones enteras y ligas deportivas con códigos de honor medievales. La atmósfera de los vestidores, saturada de una "rectitud" heterosexual obligatoria, es el recordatorio constante de que estos dos hombres son, en esencia, desertores de su propia clase.

Hasta ahora, el secreto se mantiene entre las sombras de las premiaciones y los encuentros furtivos entre temporadas. Pero el hielo es traicionero y las cámaras ocultas acechan en cada rincón de su celebridad. ¿Podrá el deseo transformarse en algo más que un fetiche sexual antes de que el peso de sus respectivas banderas los aplaste?

Por ahora, nos quedamos con la imagen de dos gladiadores que se odian en la pista y se devoran en el secreto, mientras el mundo —y sus propios demonios— espera el primer error para sentenciarlos.


Continuará...



"Heated Rivalry"

 







Ice on Fire: An Anatomy of Dissent (Part I)

Ice hockey is more than just a sport; in the collective northern imagination, it is a ritual of testosterone, cold, and sanctioned collisions. However, beneath the polished surface of the Major League Hockey rinks, the series "Heated Rivalry" has come to shatter the glass. Premiering in late 2025 under the direction of Jacob Tierney, this Crave and HBO Max production has transformed into a sociopolitical phenomenon that transcends the screen, even garnering public endorsement from the Prime Minister of Canada, who hailed it as a necessary mirror for national identity in times of storm.

The work presents us with a human chessboard where the pieces are diametrically opposed. On one side, Shane Hollander, played by Canadian actor of Korean descent Hudson Williams, is the "Golden Boy." His beauty, of an almost porcelain perfection, is the engine of a marketing machine that sells health, Rolex, and success. Hollander is the crown jewel of a mother who has commodified his every move, turning his identity into a financial asset where homosexuality is not an option, but a market debacle.

Opposite him, the "Russian Winter": Ilya Rozanov. Embodied by Connor Storrie, Rozanov is the stereotype of the Soviet warrior who seems to have never truly left the Iron Curtain. His roughness is not merely temperamental; it is armor against a familial and political system that, in modern-day Russia, punishes dissent with oblivion or physical retribution. While Shane is watched by the cameras of sponsors in Las Vegas, Ilya is watched by the ghost of a dominant father and a brother who sees him as an inexhaustible source of foreign currency.

The series innovates precisely there: in the impossibility of romance. We are not facing a conventional love story, but one of erotic survival. In the opening movements of this story, the contact between the two is purely kinetic—a clash of bodies seeking in sex an escape valve from the unbearable pressure of their worlds. The power dynamic is clear: Shane assumes a vulnerability that borders on the passive, even confessing to the use of dildos to achieve a satisfaction that the athlete's loneliness denies him, while Ilya clings to an active and distant role, avoiding the kiss as if that gesture held the ultimate surrender he cannot afford.

It is the eternal return of Romeo and Juliet, but here the Capulet and Montague families are entire nations and sports leagues with medieval codes of honor. The locker room atmosphere, saturated with a mandatory heterosexual "uprightness," is a constant reminder that these two men are, in essence, deserters of their own class.

For now, the secret remains in the shadows of awards ceremonies and furtive encounters between seasons. But ice is treacherous, and hidden cameras lurk in every corner of their celebrity. Can desire transform into something more than a sexual fetish before the weight of their respective flags crushes them?

For now, we are left with the image of two gladiators who hate each other on the rink and devour each other in secret, while the world—and their own demons—waits for the first mistake to sentence them.


To be continued...

martes, 13 de enero de 2026

La Promesa: El culebrón que traicionó su propio nombre.

 



La Promesa: El culebrón que traicionó su propio nombre


Por: Benjamín Gavarre Silva



Tras meses de espera, la cuarta temporada de La Promesa ha desembarcado finalmente en México a través de la plataforma Max. Este fenómeno de la televisión española, creado por Josep Cister Rubio para Bambú Producciones y emitido originalmente por RTVE, nos transporta a 1913, en los tensos años previos a la Gran Guerra. Utilizando como escenario el imponente Palacio de "El Rincón" (propiedad real de la aristócrata Tamara Falcó) y diversos platós madrileños, la serie prometía ser un fresco de época, pero se ha convertido en un ejercicio de resistencia para el espectador.


El hipnótico olor a naftalina

La serie se caracteriza por ser un largo, larguísimo melodrama que bebe tanto de la zarzuela como del teatro antiguo español, con gestos grandilocuentes y un sentido del decoro a veces asfixiante. Es una nobleza que, a diferencia de la pompa ceremonial británica, aquí se siente más "de casa", más sobria, pero igualmente implacable y con un rancio olor a naftalina.

La trama nos hipnotiza con la seguridad de lo predecible. Es una maquinaria de repetición donde los aristócratas viven en un ocio permanente en la planta noble, mientras que abajo, una infinidad de servidores se pasa cientos de capítulos limpiando pisos, ajustando cortinas y preparando manjares que serán consumidos con ingratitud.

Quizá lo más disfrutable sean los villanos que "adoramos odiar". Eva Martín está soberbia como Cruz, la Marquesa, una mujer capaz de mover los hilos del castillo y eliminar a quien sea necesario —incluso a su hijastro— para asegurar el poder de su propia sangre. A su lado, villanos como el Capitán de la Mata (Guillermo Serrano) aportan una maldad casi caricaturesca, con "cara de demonio", sin matices agradables.


La gran estafa de la venganza

El motor inicial de este culebrón era claro: Jana Expósito, interpretada por Ana Garcés, llega al palacio para vengar la muerte de su madre y encontrar a su hermano robado. Era la clásica heroína en busca de justicia. Sin embargo, el guion ha estirado este chicle hasta romperlo. Jana pasa más tiempo lidiando con romances imposibles, especialmente con Manuel (Arturo Sancho), el heredero aviador —cuyo hangar de bajo presupuesto rara vez vemos funcionar—, que ejecutando su plan.

Y aquí llegamos al punto crítico, el verdadero núcleo de esta reseña (ALERTA DE SPOILER MAYÚSCULO PARA QUIEN NO SIGA LA EMISIÓN ESPAÑOLA): La Promesa comete la máxima traición al género del melodrama. En España, la audiencia estalló en indignación cuando la narrativa decidió que la protagonista no cumpliría su misión. A diferencia de las historias donde el bien termina por imponerse, aquí se nos presenta una venganza fallida.

La serie rompe su propia promesa titular. Jana es neutralizada por la trama antes de saber quién fue la asesina de su madre. Esta decisión no se siente como un giro audaz, sino como una bofetada al espectador que aguantó cientos de episodios de relleno. Es una visión profundamente conservadora y pesimista: los de abajo no ganan. Su lucha y sus sacrificios son inútiles frente a una maquinaria aristocrática diseñada para perpetuarse.

Veredicto: La Promesa es una serie visualmente cuidada, pero narrativamente tramposa. La gente la sigue viendo, a veces con el control remoto en mano para adelantar la paja, atrapada en la falsa esperanza de que algo cambie, solo para confirmar que, en ese castillo, la nobleza y la injusticia están destinadas a eternizarse.



CategoríaInformación
CreadorJosep Cister Rubio
ProducciónStudioCanal / RTVE en colaboración con Bambú Producciones
GéneroMelodrama de época / Drama social
Elenco PrincipalAna Garcés (Jana), Arturo Sancho (Manuel), Eva Martín (Cruz), Manuel Regueiro (Alonso)
LocalizaciónPalacio de El Rincón (Aldea del Fresno, Madrid)
ÉpocaInicios del siglo XX (1913 en adelante)
Dónde ver (México)Max (Temporadas 1 a 4)
Calificación sugerida3/5 estrellas (Impecable en técnica, circular en narrativa)