Un hombre decente.

 


 

Reseña de 'Un hombre decente'

 

La simetría del encierro y la caída moral:

Por Benjamín Gavarre |

A veces, los algoritmos de las plataformas aciertan de manera misteriosa. Por alguna razón, Max me puso frente a Un hombre decente (Porządny człowiek), una miniserie polaca de seis capítulos dirigida por Aleksandra Terpińska. Lo que a simple vista podría parecer un drama criminal convencional, se revela rápidamente como un thriller psicológico donde la verdadera protagonista es la psique fracturada de sus personajes, recordándonos que el cine polaco contemporáneo sigue siendo un maestro en diseccionar la aspereza humana.

La historia sigue el arco de Paweł Szkotak (Krzysztof Czeczot), un exitoso médico de la clase media-alta de Varsovia, cuya vida aparentemente perfecta y familia unida se ve de pronto atropellada por los errores más extremos. Todo comienza cuando un adolescente, Kamil (brillantemente interpretado por Mikołaj Kubacki), golpea brutalmente al hijo del doctor. En su afán por exigir una disculpa —una búsqueda que cae en un barril sin fondo—, Paweł persigue al muchacho. En medio del caos, un auto atropella a Kamil. Como espectadores, la lógica nos dicta que el doctor lo curará y lo llevará al hospital. Sin embargo, su error trágico lo lleva a esconder al joven en el sótano de una casa abandonada. Ahí comienza el verdadero derrumbe.

A partir de este encierro, la dirección de Terpińska construye una atmósfera claustrofóbica, apoyada en silencios tensos y una notable ausencia de música extradiegética. En ese sótano, el carismático adolescente entabla una relación casi paternofilial con el doctor. Hay trampa, manipulación y una ambigüedad ética que le suma muchos puntos a la serie. Paweł no es un pederasta, aunque por momentos la extraña intimidad entre ambos nos haga cuestionarlo; más bien, se identifica profundamente con el chico. A través de vistazos al pasado, descubrimos que esta identificación es la repetición de una cadena de traumas digna de una tragedia griega: el propio padre del doctor lo encerraba y secuestraba durante su infancia, justificándolo como un método para forjar a un "hombre decente". El sótano, entonces, no es solo una cárcel para Kamil, sino el museo del propio trauma de Paweł. La simetría del encierro es fascinante.

Mientras tanto, en el exterior, la fachada de perfección del doctor se desmorona, dejándolo como a un Edipo ciego frente a la verdad. Su esposa ejemplar, Marta (una siempre potente Agnieszka Żulewska), lo engaña con su mejor amigo y colega, Adam (Michał Czernecki). Paweł también abre los ojos ante la podredumbre de su entorno laboral, dándose cuenta de que el hospital es corrupto. Todos a su alrededor notan su desestabilización. La serie, muy aplaudida por la crítica por desmitificar el éxito de la élite de Varsovia, brilla porque aquí no hay héroes ni villanos claros; todos son sombras. El propio hijo agredido del doctor resulta ser de mala ralea, un vendedor de drogas que le había quitado la novia a Kamil. Los padres biológicos del joven son nefastos; la madre es una abogada que termina liada en la cama con el doctor, y el padre aparece solo para farfullar y empeorar el panorama.

Cuando el secuestro está a punto de descubrirse y Paweł, en su desesperación, pide ayuda a unos criminales despiadados que planean matar al joven, la trama da una vuelta de tuerca. En un giro donde se invierten los roles, el joven golpea al doctor con una pala, lo amarra y el secuestrador se convierte en el secuestrado. El impacto es tal que Paweł se orina del susto, y es su "hijo adoptivo" quien, con una ternura retorcida, le cambia los pantalones. La resolución, con la llegada de la policía y el fin de los verdaderos criminales, nos deja con un Kamil que se niega a declarar contra el doctor. Paweł confiesa, pero ante la falta de cargos, queda libre. Aunque este giro final puede resultar un poco previsible, funciona bien narrativamente para darnos un respiro tras tanta asfixia y tensión.

El epílogo nos muestra a un Paweł que abandona a su esposa y reconstruye una extraña normalidad con sus dos "hijos" (el biológico, ya redimido, y Kamil), quienes ahora juegan a pelearse como dos buenos y simpáticos hermanos polacos.

Como reflexión extra, es imposible no conectar esta joya televisiva con la profundidad y la complejidad decadente del teatro polaco. La obra evoca irremediablemente la propuesta estética de Stanisław Ignacy Witkiewicz —el Shakespeare del teatro polaco—, donde lo extraño, lo deformado y las relaciones de poder exponen la verdad humana. Al igual que a Witkiewicz, a veces a este tipo de producciones cuesta que se les reconozca universalmente solo por su origen polaco. Pero para quienes aprecian la literatura dramática, las disecciones sociales y los thrillers que no te dan respuestas fáciles, Un hombre decente es una recomendación absoluta.

 

 

 


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