Wheapons: La hora de la desaparición.


Wheapons














Weapons: La anatomía del prejuicio y el horror de lo cotidiano


Por: Benjamín Gavarre Silva


¿Qué pesa más en una comunidad pequeña: la evidencia de un crimen o el estigma de una reputación? "Weapons", la última entrega de Zach Cregger, nos arroja a esta pregunta sin anestesia. En Wheapons: La hora de la desaparición (Así le pusieron en Hispanoamérica !) La premisa es tan simple como devastadora: 17 niños desaparecen a las 2:17 de la madrugada en un suburbio arquetípico. Sin embargo, lo que parece un thriller procedimental pronto muta en una pesadilla fragmentada que utiliza el terror para diseccionar la moralidad de sus protagonistas.


El rostro del estigma

La narrativa se apoya inicialmente en los hombros de Julia Garner, quien interpreta a Sarah, la maestra del grupo afectado. Garner, con esa fragilidad endurecida que ya le conocimos en series como Ozark, encarna aquí a la "maestra disipada": alcohólica, soltera y señalada como "robamaridos". Es fascinante —y aterrador— observar cómo la película construye la recepción del espectador: Cregger nos manipula para que, al igual que los vecinos, veamos en su cara de perturbada y en su estilo de vida la raíz del mal. Sarah es el chivo expiatorio perfecto, la bruja social antes de que aparezca la bruja real.


El ritual de lo cotidiano

El filme brilla cuando rompe la linealidad y nos presenta "las facetas" de la historia. Aquí es donde surge la verdadera revelación: Amy Madigan. A sus 75 años, Madigan nos entrega una Tía Gladys que ya es historia del cine, ganando un Oscar a Mejor Actriz de Reparto que hace justicia a una carrera de décadas. Su interpretación de la maldad es magistral porque no necesita de grandes efectos; le basta un bowl con agua, unos instrumentos de cocina y un mechón de pelo para orquestar un "conjuro express" que hiela la sangre. Otra escena digna de mencionar es la de la Bruja y el niño sentados con los padres a la mesa. Ella es la poseedora de todo el control, es el mal encarnado.

El momento en que el director de la escuela —en un episodio que transita por la vida doméstica de una pareja gay ¿inmigrante?— se convierte en una marioneta o un arma letal, es un punto de inflexión. La película logra ese equilibrio casi imposible entre el terror visceral y un humor negro involuntario: ver a este hombre correr como un proyectil desquiciado para atacar a la maestra es una escena que se queda grabada por su extrañeza climática.


La purga de los márgenes: Una mirada crítica

No obstante, tras el despliegue técnico y actoral, subyace una estructura que invita a una lectura necesaria. Es curioso notar quiénes son las víctimas propiciatorias de este guion: el policía adúltero, el joven adicto, la pareja homosexual... todos ellos son eliminados de forma brutal, mientras que el "héroe" es el padre de familia tradicional y la maestra, tras pasar por su purga de humillación, encuentra la redención. ¿Es "Weapons" una obra conservadora disfrazada de vanguardia? La cacería de brujas parece operar en dos niveles: el sobrenatural, donde los niños devoran al mal, y el social, donde el sistema elimina lo que considera "impuro".


El eco de Süskind y el final agridulce

El clímax, que remite inevitablemente al final de El Perfume de Patrick Süskind, es de una potencia visual sobrecogedora. Los niños, convertidos en una absurda y casi irrisoria turba implacable, persiguen a la bruja a plena luz del día por los jardines.

Al final, el conjuro se rompe, pero la cicatriz permanece. Cregger no nos regala un final feliz absoluto; nos deja con el eco de unos niños que apenas empiezan a recuperar el habla. "Weapons" nos enseña que, aunque la bruja haya muerto, el veneno de la sospecha y la exclusión ya ha infectado las raíces del barrio. Una obra imprescindible para quienes disfrutan de un cine que, además de horrorizar, obliga a pensar.




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