El azar, ese guionista invisible: De un "Mundo Perfecto" a los "Puentes de Madison"
Hay días en los que el trabajo de corrección de textos exige un refugio sonoro. Para retomar una vieja costumbre de mis años de estudiante, encendí la televisión como ruido de fondo. Pero el algoritmo de HBO —ese travieso que parece conocernos mejor que nosotros mismos— decidió que no sería una tarde de distracción, sino de reencuentros cinematográficos de alto calibre.
Lo que empezó como un "ruido" se convirtió en una doble función dirigida por un mismo autor: Clint Eastwood. Resulta que el viejo Clint, además de actuar, se puso detrás de la cámara en ambas cintas, demostrando que su verdadera maestría no está en el revólver, sino en la sensibilidad para retratar almas rotas.
1. La violencia y la libertad de un "fantasmita"
De pronto, levanté la vista y ahí estaba él: un joven Kevin Costner interpretando a un secuestrador inteligentísimo y violento, pero extrañamente humano. La película: "Un mundo perfecto" (1993). Mientras intentaba concentrarme en mis textos, la trama me ganaba la partida.
Costner (Butch Haynes) huía con un niño al que había secuestrado, un pequeño que vestía un disfraz de Gasparín (Casper) y que se perfilaba como un héroe chiquito. El guion de John Lee Hancock nos sitúa en un Texas de 1963, apenas unos días antes del asesinato de Kennedy. Esa atmósfera de fin de una era impregna todo. El niño, Phillip, provenía de una familia Testigo de Jehová tan estricta que no conocía ni los dulces ni las fiestas; para él, el secuestro fue, paradójicamente, su primer espacio de libertad.
El clímax me sacó por completo de mis correcciones. El niño, en un acto de protección desesperada, dispara sobre su captor para evitar que se convierta en un asesino. ¿Qué pasó con el niño al final? Tras la muerte de Butch, Phillip es rescatado y sube a un helicóptero con su madre. En un gesto bellísimo, lanza al aire la "lista de deseos" que Butch le ayudó a escribir. Ya no la necesita; ahora sabe que el mundo, aunque imperfecto, es suyo para explorarlo.
En su estreno, la crítica fue algo fría —venían de premiar a Eastwood por Sin perdón y esperaban algo más rudo—, pero hoy se considera una obra maestra absoluta y, posiblemente, la mejor actuación de Costner.
2. El puente hacia la pasión contenida
Seguí trabajando hasta que la pantalla cambió. De reojo vi a una actriz que se parecía a Meryl Streep, pero con una naturalidad distinta. Luego, la trama me mostró a dos hijos adultos hurgando en las cartas de su madre recién fallecida, reclamándole un pasado que no comprendían.
Apareció de nuevo Eastwood, esta vez como Robert Kincaid, un fotógrafo de National Geographic. La película era "Los puentes de Madison" (1995). Me reí solo al recordar aquel chiste de asilo donde todos los ancianos la elegían como su favorita; pero al dejar de lado los folios, entendí el porqué de su fama.
Basada en una novela que su autor escribió en solo once días, la película estuvo a punto de ser dirigida por Steven Spielberg, pero terminó en manos de Clint. Fue un acierto total. Es una anagnórisis sobre la pasión y el sacrificio: cuatro días de romance que valen por una vida entera. La despedida bajo la lluvia, con ella sosteniendo el picaporte del coche mientras decide si quedarse o huir, es puro teatro de las emociones. La crítica se rindió ante Streep (nominada al Oscar) y la película se convirtió en el estandarte del amor maduro.
Conclusión
Dos películas que no son estreno me recordaron que el azar es como alguien que toca a tu puerta y resulta ser un viejo amigo. Fue un placer ver a un Costner antes de ser el héroe de Los Intocables y a una Streep que nos enseña que la vida intensa puede caber en apenas cuatro días de verano. El algoritmo tuvo buen gusto: me regaló dos historias sobre la libertad y sus altísimos costos.
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